Los del cine


¿Ustedes se acuerdan de cuando ir al videoclub de la esquina era algo habitual? Los más pequeños no sabrán de qué hablo. Las estanterías estaban llenas de cintas de películas en alquiler, clasificadas por géneros: drama, comedia, infantil, acción… y cine español. De este modo, clásicos como “El espíritu de la colmena”, de Victor Erice  y “Experiencia prematrimonial”, de Pedro Masó coincidían en la misma sección. Ambas son producciones españolas, por lo que se consideraba que pertenecían al mismo tipo de cine. El cliente interesado en ver la película de Erice, demostrando su falta de prejuicios sobre el producto made in Spain, sin duda quedaría encantado al ver la obra maestra de Masó.
agustina
Los que nos hemos formado para dedicarnos al audiovisual en España, sabemos que tenemos que luchar contra una imagen desprestigiada. Es algo que viene de lejos, y que ahora es especialmente lamentable debido a la politización del sector. Un servidor ha escuchado comentarios despectivos generalizando sobre el cine español, no ya por parte de sectores enredados en una confrontación ideológica (o partidista), sino de personas presuntamente bien informadas, algunas de las cuales son artistas.

¿Cuáles son las causas de la imagen degradada que tenemos de nuestro cine?
¿Siempre fue así? De los olvidados pioneros del cine mudo, apenas se recuerda a Segundo de Chomón, apodado “el Meliès español”. Ni los más cinéfilos conocen estrellas como Conchita Montenegro, la primera española que trabajó (con éxito) en Hollywood.

La conversión del cine en espectáculo de masas coincidiría con la Guerra Civil, y la consiguiente propaganda. La férrea censura franquista retrasó el estreno en España de muchas películas extranjeras. Se consolidó un star system patrio, identificado, a menudo injustamente, con el régimen. Entre los calificativos despectivos que se han empleado al referirse a este periodo están los de “cine de estampita”, para referirse a las películas religiosas, y “españolada” para el subgénero folklórico, popularísimo en su momento y luego denostado. El nivel de aceptación por parte del público era muy alto. Artistas como Aurora Bautista o Jorge Mistral eran más apreciados que los americanos. La crítica apenas salva ahora las películas de Edgar Neville y las tres B: Buñuel, Berlanga y Bardem.

En los 60 vienen los primeros intentos de ruptura con las anquilosadas fórmulas impuestas por la cultura oficial de la época. El cine comercial va pasando de lo popular (Marisol) a lo populachero (Ozores). Las salas de “arte y ensayo” se dirigen a una élite intelectual, intentando burlar la censura mediante el uso de metáforas políticas. El cine de autor ofrece casi las únicas películas actualmente apreciadas por su calidad, reivindicaciones postmodernas aparte.

Es en los 70, cuando la calidad media del cine español sufre tal degradación que comienza a generalizarse una imagen muy negativa. A medida que se relajaba la censura, algunos productores parecían interesados exclusivamente en aprovechar la represión del español medio para llenar la pantalla de vulgaridad. El grueso de la producción pasa a ser dominado por subproductos, que en algunos casos fueron muy rentables. Los costes de producción eran baratos y la explotación del morbo aseguraba el éxito de taquilla, lo único que importaba. Con el destape, la zafiedad se adueña de las películas españolas. Los éxitos de Saura y otros aciertos puntuales, no son suficientes para impedir que la percepción que se tiene de nuestro cine se degrade. Hollywood apuesta de nuevo por la espectacularidad. Vuelve el género de aventuras, la ciencia-ficción, con producciones espectaculares contra las que era imposible competir.

En los 80 Pilar Miró acabó con los subproductos, pero su política al frente del ICAA no logró consolidar un cine de calidad apreciado por el público. Personaje controvertido donde los haya, aunque murió en olor de santidad, Miró tomó como modelo para toda la industria el éxito de una película: “La colmena” (Mario Camus, 1982). El oso de oro conseguido en el festival de Berlín, entre otros logros, animaron a producir un tipo de cine cortado por el mismo patrón, hasta conseguir que se llegase a considerar que existía un género llamado “cine español”: adaptaciones literarias, ambientación en la postguerra (en contra de lo que se dice, la guerra propiamente dicha apenas se trató), afán de revanchismo ideológico y pretensiones de “calidad”, entendida a menudo como una fotografía almibarada acompañada de una envolvente banda sonora.

También es ahora cuando empiezan las subvenciones anticipadas, tratando de importar (con más pena que gloria) el modelo francés. Entre el desinterés del público y el cabreo de gran parte de los profesionales del sector, el cine español se convierte en un círculo de difícil acceso, afín al poder. Son los años del “cine de boina”, como se llamó despectivamente a las películas en las que los directores de la época se empeñaban en contarnos su triste infancia. Los desastres en taquilla y las malas críticas de gran parte de las películas españolas estrenadas en esta época hicieron perdurar, o incluso empeorar, la mala imagen que se arrastraba desde el destape. A menudo se recordaba que aquellas películas serían malas, pero habían dado mucho dinero. Incluso se llegó a afirmar que en realidad los subproductos del destape eran obras maestras, tal vez por esnobismo o por la desilusión ante un cine salvado de la ruina por la protección oficial. De todos modos, no sería justo olvidar la buena acogida de algunas películas del cine rural y de postguerra: “Los santos inocentes”, “El bosque animado”, “Las bicicletas son para el verano”, “La mitad del cielo”, “Valentina”… El pelotazo de Almodóvar y su éxito internacional a partir de “Mujeres…” fue un soplo de aire fresco muy necesario. 

Los 90 trajeron la esperanza de superar prejuicios,  con la aparición de directores nuevos (no necesariamente jóvenes) que apostaron por un cine de género sin complejos. Se lanzaron las campanas al vuelo, olvidando lo mucho que quedaba por hacer. Tras una década en la que al fin dejó de hablarse de crisis, y el público español se reconcilió con su cine, se daría un lamentable paso atrás.

El descontento de algunos personajes influyentes de la industria con la política del PP, estalla en la gala de los Goya de 2003. El “no a la guerra” sirvió para canalizar el malestar provocado por la política cultural. No pocos profesionales criticaron  la utilización de la Academia de Cine como si fuera un sindicato. La polémica aumenta con el vuelco electoral, del que se responsabilizó a “los del cine”. Los prejuicios vuelven con más fuerza que nunca. La crispación va en aumento, a medida que las salas de cine sufren los efectos de los cambios de hábitos que trajeron las nuevas tecnologías (y las series de HBO). Las redes sociales son testigo de los enfrentamientos, consecuencia en gran parte del sistema de producción instaurado en los 80. Un cine tan dependiente de las ayudas oficiales está inevitablemente politizado, independientemente del discurso de las películas. Y no se trata de compromiso político, sino de clientelismo partidista.  Es cierto que a menudo se ha criticado sin saber: hay gente convencida de que los profesionales del cine español viven de las subvenciones. Tampoco es cierto que las industrias culturales sean el único sector que recibe ayudas públicas. El problema es que en el cine hay un componente discursivo, que aunque no siempre sea directamente político, muestra un determinado  unto de vista sobre la realidad. Un escritor no requiere de ayudas para sentarse delante del ordenador a redactar una novela. Los elevados costes de producción y la desigual competencia respecto al cine americano, llevan a esta peligrosa dependencia. Se suele argumentar a favor de la protección oficial, que el audiovisual es fundamental a la hora de construir los imaginarios colectivos sobre un país. Eso que ahora se llama “marca España” y que nos da risa, incapaces de comprender (como sí ocurre en Francia) la importancia que tiene para un país vender su imagen en el exterior, y la rentabilidad que eso supone  a corto y largo plazo. Sin embargo, no conviene olvidar que la intervención directa del estado afecta a la libertad creadora. Si alguien desea tocar un tema especialmente polémico e incómodo para el poder (independientemente de su signo) lo último que debe hacer es pedir una subvención.

Los últimos años, marcados por la crisis económica, podrían definirse con una palabra: incertidumbre. Se habla de nuevos modelos de producción (¿antes inviables?) y de adaptación del negocio la era de Internet. Nada fácil en una  coyuntura que no mueve al optimismo, precisamente. A estas alturas ya hemos asimilado que una película española no tiene porqué “parecer española” y hasta puede hacerse en inglés. ¿Pasa por ahí el futuro de nuestra industria? Tal vez el único camino viable pase por unirse al “enemigo” americano en vez de luchar contra él.  

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